BIBLIOTECA BLITZ

 

 

8. PASEAR

Walking

(1861)

Richard Long

 

DE

Henry David Thoreau Thoreau

 

 

 

Quiero decir unas palabras a favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Desearía hacer una declaración radical, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes campeones de la civilización; el clérigo, el consejo escolar y cada uno de vosotros os encargaréis de defenderla.

 

 

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En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que comprendiesen el arte de Caminar, esto es, de andar a pie; que tuvieran el don, por expresarlo así, de sauntering [deambular]: término de hermosa etimología, que proviene de “persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse à la Sainte Terre”, a Tierra Santa; de tanto oírselo, los niños gritaban: “Va a Sainte Terre”: de ahí, saunterer, peregrino. Quienes en su caminar nunca se dirigen a Tierra Santa, como aparentan, serán, en efecto, meros holgazanes, simples vagos; pero los que se encaminan allá son saunterers en el buen sentido del término, el que yo le doy.— Hay, sin embargo, quienes suponen que la palabra procede de sans terre, sin tierra u hogar, lo que, en una interpretación positiva querría decir que no tiene un hogar concreto, pero se siente en casa en todas partes por igual. Porque éste es el secreto de un deambular logrado. Quien nunca se mueve de casa puede ser el mayor de los perezosos; pero el saunterer, en el recto sentido, no lo es más que el río serpenteante que busca con diligencia y sin descanso el camino más directo al mar. Sin embargo, yo prefiero la primera etimología, que en realidad es la más probable. Porque cada caminata es una especie de cruzada, que algún Pedro el Ermitaño predica en nuestro interior para que nos pongamos en marcha y reconquistemos de las manos de los infieles esta Tierra Santa.

 

AntonioAntonio---------------------------------------------------------------

 

La verdad es que hoy en día no somos, incluidos los caminantes, sino cruzados de corazón débil que acometen sin perseverancia empresas inacabables. Nuestras expediciones consisten sólo en dar una vuelta, y al atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal vez tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero espíritu de aventura, para no volver nunca, dispuestos a que sólo regresasen a nuestros afligidos reinos, como reliquias, nuestros corazones embalsamados. Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca; si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata.

 

Para ceñirme a mi propia experiencia, mi compañero y yo –porque a veces llevo un compañero—, disfrutamos imaginándonos miembros de una orden nueva, o mejor, antigua: no somos Caballeros, ni jinetes de cualquier tipo, sino Caminantes, una categoría, espero, aún más antigua y honorable. El espíritu caballeresco y heroico que en día correspondió al jinete parece residir ahora –o quizás haber descendido sobre él— en el Caminante; no el Caballero, sino el Caminante Andante. Un a modo de cuarto estado, independiente de la Iglesia, la Nobleza y el Pueblo.

Antonio

Hemos notado que, por la zona, somos casi los únicos en practicar este noble arte; aunque, a decir verdad, a la mayoría de mis vecinos, al menos si se da crédito a sus afirmaciones, les gustaría mucho pasear de vez en cuando como yo, pero no pueden. Ninguna riqueza es capaz de comprar el necesario tiempo libre, la libertad y la independencia que constituyen el capital en esta profesión. Sólo se consiguen por la gracia de Dios. Llegar a ser caminante requiere un designio directo del Cielo. Tienes que haber nacido en la familia de los Caminantes. Ambulator nascitur, non fit [el caminante nace, no se hace]. Cierto es que algunos de mis conciudadanos pueden recordar, y me las han descrito, ciertas caminatas que dieron diez años atrás y en las que fueron bendecidos hasta el punto de perderse en los bosques durante media hora; pero sé muy bien que, por más pretensiones que alberguen de pertenecer a esta categoría selecta, desde entonces se han limitado a ir por la carretera. Sin duda durante un momento se sintieron exaltados por la reminiscencia de un estado de existencia previo, en el que incluso ellos fueron habitantes de los bosques y proscritos.

 

          Al llegar al verde bosque,

          Una alegre mañana,

          Oyó el canto de las aves,

          Sus noticias felices.

 

          Hace mucho, dijo Robin,

          la última vez que aquí estuve,

          Aceché para tirar

          Contra el oscuro ciervo.

 

Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana. Podéis decirme, sin riesgo: “Te doy un penique por lo que estás pensando”; o un millar de libras. Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos no sólo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse, tantos de ellos, con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo.

 

A mí, que no puedo quedarme en mi habitación ni un solo día sin empezar a entumecerme y que cuando alguna vez he robado tiempo para un paseo a última hora –a las cuatro, demasiado tarde para amortizar el día, cuando comienzan ya a confundirse las sombras de la noche con la luz diurna— me he sentido como si hubiese cometido un pecado que debiera expiar, confieso que me asombra la capacidad de resistencia, por no mencionar la insensibilidad moral, de mis vecinos, que se confinan todo el día en sus talleres y sus oficinas, durante semanas y meses, e incluso años y años. No sé de qué pasta están hechos, sentados ahí ahora, a las tres de la tarde, como si fueran las tres de la mañana. Bonaparte puede hablar del valor de las tres de la madrugada, pero eso no es nada comparado con el valor necesario para quedarse sentado alegremente a la misma hora de la tarde, cara a cara con uno mismo, con quien se ha estado tratando toda la mañana, intentando rendir por hambre una guarnición a la que uno está ligado con tan estrechos lazos de simpatía. Me maravilla que hacia esa hora o, digamos, entre las cuatro y las cinco, demasiado tarde para los periódicos de la mañana y demasiado pronto para los vespertinos, no se escuche por toda la calle una explosión general, que esparza a los cuatro vientos una legión de ideas y chifladuras anticuadas y domésticas para renovar el aire…¡y al diablo con todo!.

 

napoleon

 

No sé cómo lo soportan las mujeres, que están aún más recluidas en casa que los hombres; aunque tengo motivos para sospechar que la mayor parte de ellas no lo soporta en absoluto. Cuando, en verano, a primera hora de la tarde, nos sacudimos el polvo de la ciudad de los faldones del traje, pasando raudos ante esas casas de fachada perfectamente dórica o gótica, mi acompañante me susurra que lo más probable es que a esas horas todos sus ocupantes estén acostados. Es entonces cuando aprecio la belleza y la gloria de la arquitectura, que nunca se recoge, sino que permanece siempre erguida, velando a los que dormitan.

 

Sin duda, el temperamento y, sobre todo, la edad tienen mucho que ver con todo esto. A medida que un hombre envejece, aumenta su capacidad para quedarse quieto y dedicarse a ocupaciones caseras. Se hace más vespertino en sus costumbres conforme se aproxima al atardecer de la vida, hasta que al final se pone en marcha justo antes de la puesta del sol y pasea cuanto necesita en media hora.

ESPIGA

 

Pero al caminar al que me refiero nada tiene en común con, como suele decirse, hacer ejercicio, al modo en que el enfermo toma su medicina a horas fijas, como el subir y bajar de las pesas o los columpios, sino que es en si mismo la empresa y la aventura del día. Si queréis hacer ejercicio, id en busca de las fuentes del alma. ¡Pensad que un hombre levante pesas para conservar la salud, cuando esas fuentes borbotean en lejanas praderas a las que no se le ocurre acercarse!

 

Aún más, tienes que andar como un camello, del que se dice es el único animal que rumia mientras marcha. Cuando un viajero pidió a la criada de Wordsworth que le mostrase el estudio de su patrón, ella le contestó: "Esta es su biblioteca, pero su estudio está al aire libre".

WOODSWORTH

Wordsworth

 

Vivir mucho al aire libre, al sol y al viento, produce, sin duda, cierta dureza de carácter, desarrolla una gruesa callosidad sobre las cualidades más delicadas de nuestra naturaleza, igual que curte el rostro y las manos, y como el trabajo manual duro priva a éstas de algo de su sensibilidad táctil, Pero, en cambio, quedarse en casa puede producir en la piel suavidad y finura, por no decir debilidad, acompañadas de una sensibilidad mayor ante ciertas impresiones. Quizá fuéramos más sensibles a algunas influencias importantes para nuestro crecimiento intelectual y moral si sobre nosotros brillase un poco menos el sol y soplase algo menos el viento; y no hay duda de que constituye un bonito asunto determinar la proporción correcta entre piel gruesa y piel fina. Pero me parece que se trata de una costra que caerá rápidamente, que la solución natural ha de hallarse en la proporción de día que puede aguantar la noche; de verano, el invierno; de experiencia, el pensamiento. Habrá mucho más aire y más sol en nuestras mentes. Las palmas duras del trabajador están versadas en más finos tejidos de dignidad y heroísmo, cuyo tacto conmueve el corazón, que los dedos lánguidos de ociosidad. Que sólo la sensiblería se pasa el día en la cama y se cree blanca, lejos del bronceado y los callos de la experiencia.

 

Cuando caminamos, nos dirigimos naturalmente hacia los campos y los bosques: ¿qué sería de nosotros si sólo paseásemos por un jardín o por una avenida? Algunas sectas filosóficas han sentido incluso la necesidad de acercar hasta sí los bosques, ya que no iban a ellos. "Plantaron arboledas y avenidas de arces", donde daban subdiales ambulationes (paseos al aire libre) por atrios descubiertos. De nada sirve, por descontado, dirigir nuestros pasos hacia los bosques, si no nos llevan allá. Me alarmo cuando ocurre que he caminado físicamente una milla hacia los bosques sin estar yendo hacía ellos en espíritu. En el paseo de la tarde me gustaría olvidar todas mis tareas matutinas y mis obligaciones con la sociedad. Pero a veces no puedo sacudirme fácilmente el pueblo. Me viene a la cabeza el recuerdo de alguna ocupación, y ya no estoy donde mi cuerpo, sino fuera de mí. Querría retornar a mí mismo en mis paseos. ¿Qué pinto en los bosques si estoy pensando en otras cosas? Sospecho de mí mismo, y no puedo evitar un estremecimiento, cuando me sorprendo tan enredado, incluso en lo que llamamos buenas obras…. que también sucede a veces.

 

Mi región ofrece gran número de paseos espléndidos; y aunque durante muchos años he caminado prácticamente cada día, y a veces durante varios días, aún no los he agotado. Un panorama completamente nuevo me hace muy feliz, y sigo encontrando una cada tarde. Dos o tres horas de camino me llevan a una zona tan desconocida como siempre espero. Una granja solitaria que no haya visto antes resulta a veces tan magnífica como los dominios del rey de Dahomey. La verdad es que puede percibirse una especie de armonía entre las posibilidades del paisaje en un círculo de diez millas a la redonda —los límites de una caminata vespertina— y la totalidad de la vida humana. Nunca acabas de conocerlos por completo.

 

En la actualidad casi todas las llamadas mejoras del hombre, como la construcción de casas y la tala de los bosques y de todos los árboles de gran tamaño, no hacen sino deformar el paisaje y volverlo cada vez más doméstico y vulgar. ¡Un pueblo que comenzase por quemar las cercas y dejar en pie el bosque…! He visto los cercados medio consumidos, perdidos sus restos en medio de la pradera, y un miserable profano ocupándose en sus lindes con un topógrafo, mientras la gloria se manifestaba en su derredor y él no veía los ángeles yendo y viniendo, sino que se dedicaba a buscar el viejo hoyo de un poste en medio del paraíso. Volví a mirar, y lo vi en pie en medio de un tenebroso pantano, rodeado de diablos; y no hay duda de que había encontrado la linde, tres piedrecillas allí donde había estado hincada una estaca; y mirando más cerca, vi que el Príncipe de las Tinieblas era el agrimensor.

corot

 

Saliendo de mi propia puerta, puedo caminar con facilidad diez, quince, veinte, cuantas millas sean sin pasar cerca de casa alguna, sin cruzar un camino, excepto los que trazan el zorro y el visón; primero, a lo largo del río, luego, del arroyo, y después, por la pradera y el lindero del bosque. Hay en los alrededores muchas millas cuadradas sin habitantes. Desde más de un otero puedo ver a lo lejos la civilización y las viviendas humanas. Los granjeros y sus labores resultan apenas más perceptibles que las marmotas y sus madrigueras. Me complace ver cuán pequeño espacio ocupan en el paisaje el hombre y sus asuntos, la iglesia, el estado y la escuela, los oficios y el comercio, las industrias y la agricultura; incluso el más alarmante de todos, la política. La política no es más un estrecho campo, al que conduce un camino aún más estrecho. A veces encamino allí al viajero. Si quieres ir al mundo de la política, sigue la carretera sigue a ese mercader, trágate el polvo que levanta, y te conducirá derecho allí; porque también ese mundo es limitado, no lo ocupa todo. Yo paso ante él como ante un campo de judías en el bosque, y lo olvido. En media hora pudo llegara alguna porción de la superficie terrestre que no haya pisado pie humano durante un año y donde, por lo tanto, no hay política, que es sólo como el humo del cigarro de un hombre.

higuera

 

El pueblo, la villa, es el lugar al que se dirigen las carreteras, una especie de expansión del camino, como un lago respecto de un río. Es el cuerpo del que las carreteras son los brazos y piernas: un sitio trivial o quadrivial, lugar de paso y fonda barata para los viajeros. La palabra proviene del latín villa, que Varrón hace proceder, junto vía, camino, de veho, transportar, porque la villa es el lugar al que ( y desde el que) se transportan cosas. Para los que se ganaban la vida como arrieros se utilizaba la expresión vellaturam facere (transportar mercancías por dinero). La misma procedencia tienen el término latín vilis y nuestro vil; y también <<villano>>. Lo que sugiere el tipo de degeneración con que se relacionaba a los pueblerinos, exhaustos, aun sin viajar, por el tráfico que discurría a través y por encima de ellos.

 

Hay quien no camina nada; otros, lo hacen por carretera; unos pocos, atraviesan fincas. Las carreteras se han hecho para los caballos y los hombres de negocios. Yo viajo por ellas relativamente poco, porque no tengo prisa en llegar a ninguna venta, tienda, cuadra de alquiler o almacén al que lleven. Soy buen caballo de viaje, pero no por carretera. El paisajista, para indicar una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría utilizarla. Yo me adentro en la Naturaleza, como lo hicieron los profetas y los poetas antiguos, Manu, Moisés, Homero, Chaucer. Podéis llamar a esto América, pero no es América; no la descubrió Américo Vespucio, ni Colón, ni ninguno de los otros. Hay más verdad sobre lo que yo he visto en la mitología que en ninguna de las denominadas historias de América que he visto.

 

homeromoises

HOMERO - MOISÉS

De momento, por los alrededores, la mayor parte de la tierra no es propiedad privada; el paisaje no tiene dueño y el caminante disfruta de cierta libertad. Pero posiblemente llegará un día en que la dividirán en los llamados campos de recreo, en los que unos pocos dispondrán de un placer limitado y exclusivo. Las cercas se multiplicarán y las trampas del hombre y otros artilugios inventados para confinar al ser humano a los caminos “públicos” harán que caminar sobre la faz de la tierra de Dios sea interpretado como una violación de la propiedad de algún caballero. Disfrutar de algo en exclusiva es, por lo general, excluirse a uno mismo de disfrutarlo de verdad: Aprovechemos, pues, nuestras oportunidades antes de que lleguen los días aciagos.

 

¿ Po qué a veces es tan difícil decidir adónde ir? Creo que hay un sutil magnetismo en la naturaleza que, si cedemos a él inconscientemente, nos lleva a donde corresponde. No es indiferente hacia dónde vamos. Existe un camino correcto; pero, por atolondramiento o por estupidez, somos proclives a tomar el equivocado. De buen grado cogeríamos el camino por el que aún no hemos transitado en este mundo real y que es el símbolo perfecto del sendero por el que nos gusta viajar en el mundo interior e ideal. Sin duda, a veces nos cuesta decidir el rumbo porque todavía no tenemos una idea claramente formada.

BRUJULA


Cuando salgo de mi casa para dar un paseo sin saber adonde me llevarán mis pasos, y me rindo a que mi instinto decida por mí, me doy cuenta, que por muy enigmático y extraño que parezca, de que inevitablemente me encamino hacia el sudoeste, hacia algún bosque en concreto, un prado desierto o una colina. La aguja de mi brújula es inquieta, varía unos pocos grados y no siempre señala directamente el suroeste, es verdad, y tiene buenas razones para esta variación, pero siempre se fija entre el oeste y el sur-suroeste. El futuro, para mí, está en esa dirección, en que la tierra parece más inagotable y rica. La línea que delimitaría mis paseos no es una circunferencia, sino una parábola, o mejor dicho una de esas órbitas de cometas que son curvas sin retorno, en este caso abierta hacia el oeste, en la que mi casa ocuparía el lugar del sol. A veces doy vueltas y más vueltas durante un cuarto de hora, hasta que decido, por milésima vez, que iré hacia el suroeste o el oeste. Hacia el este sólo voy por obligación; pero hacia el oeste por libre elección: Nada me llama hacia el horizonte oriental, y me cuesta creer que pueda encontrar bellos paisajes, lo suficientemente agrestes y libres. No me entusiasma la perspectiva de ir en esa dirección; sin embargo, creo que el bosque que veo sobre el horizonte occidental se extiende ininterrumpidamente hacia el crepúsculo, y no hay ciudades ni pueblos de entidad suficiente para molestarme. Viva donde viva, de este lado está la ciudad, del otro la naturaleza, y cada vez me alejo más de la ciudad y me retiro a la naturaleza.

 

El oeste del que hablo es sólo otro nombre de lo agreste; y lo que me dispondría a decir es que la conservación del Mundo radica en la Naturaleza Salvaje. Todos los árboles proyectan sus figuras en busca de la Naturaleza. Las ciudades la importan a cualquier precio. Los hombres aran y navegan para buscarla. Los tónicos y las cortezas que animan a la humanidad provienen del bosque y del monte.

 

 

CHOPERACHOPERACHOPERA

 


Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el grano. Necesitamos una infusión de abeto o ciprés en nuestro té. Hay una diferencia entre comer y beber para tener energía y hacerlo por simple glotonería. Los hotentotes devoran con avidez la médula cruda del kudu y otros antílopes como cosa natural. Algunos de nuestros indígenas del norte comen la médula del reno ártico, así como otras partes, incluida la punta de los cuernos, siempre y cuando sea blanda. En esto, posiblemente, les han ganado por la mano a los cocineros de París. Toman por lo general lo que va a parar al fuego, algo probablemente mejor para el hombre que el vacuno engordado en el establo y el cerdo de matadero. Nombradme un acto salvaje cuyo espectáculo ninguna civilización pueda soportar… como si nos alimentáramos de médula cruda de antílope.


Hay algunos espacios que limitan con el canto de los tordos del bosque a los que me gustaría emigrar… tierras salvajes que ningún colono ha ocupado, a las que ya estoy, creo, aclimatado
. Cummings, el cazador de África, nos dice que la piel del antílope africano, así como la de todos los otros antílopes recién matados, exhala un perfume de árbol y hierba de lo más delicioso. Me gustaría que todos los hombres se parecieran al antílope salvaje y fueran parte integral de la Naturaleza, que su fragancia advirtiera suavemente a nuestros sentidos de su presencia y nos recordara las regiones de la naturaleza que frecuenta. No suelo sentir ganas de burlarme si el abrigo de un trampero huele incluso a rata almizclera; para mí, es un olor más agradable que el que desprenden las prendas de un comerciante o un erudito. Cuando me acerco a sus armarios y toco sus ropas, no me evocan las llanuras verdes ni las praderas floridas que han frecuentado, sino las lonjas y las bibliotecas polvorientas.


Una piel curtida por el sol, es algo más que respetable y quizá el color cetrino le sienta mejor al hombre, al habitante de los bosques, que el blanco. “¡ El pálido hombre blanco!” No me sorprende que los africanos le tuvieran lástima.


Darwin, el naturalista, dice: “Un blanco bañándose junto a un tahitiano era como una planta descolorida por obra de un jardinero comparada con una de hermoso color verde oscuro que creciera con fuerza al aire libre”.

 

darwin ben jonson

Charles Darwin y Ben Jonson

 

Ben Jonson exclama:
“¡Qué cerca del bien está lo bello!”

Y yo añadiría:
“¡Qué cerca del bien está lo salvaje!”

 

La vida coincide con lo agreste. Lo más vivo es lo más salvaje. La presencia de la naturaleza no sometida al hombre lo renueva. Si uno avanzara incesantemente y nunca dejara de esforzarse, si madurara deprisa e hiciera infinitas exigencias a la vida, y treparía por los troncos postrados de los árboles de los bosques primitivos.

 

Para mí, la esperanza y el futuro no están en los jardines ni en los campos cultivados, en los pueblos ni en las ciudades, sino en los pantanos inaccesibles y movedizos. Al analizar mi debilidad por alguna finca que quería comprar en otros tiempos, me doy cuenta de que me atraían exclusivamente unos pocos acres de ciénaga insondable, un desaguadero natural en un extremo del terreno. Ésa era la joya que me deslumbraba. Los pantanos que rodean a mi pueblo natal han contribuido más a mi subsistencia que los huertos. Para mis ojos no hay parterres más ricos que los densos lechos de Andrómeda enana (Cassandra calyculata) que cubren estos páramos suaves de la superficie de la tierra. La botánica no puede decirme mucho más que los nombres de los arbustos que crecen allí —el alto arándano, la andromeda panicular, el laurel enano, la azalea y el rododendro—, todos ellos erguidos en el esfagnal movedizo. Quisiera tener mi casa delante de esta masa de oscuro matorral rojizo, sin par­celas de flores ornamentales, abetos trasplantados, jardineras acicaladas ni senderos de gravilla, tener este terreno fértil frente a mi ventana, no unos pocos montículos de tierra importada sólo para cubrir la arena que quedó amontonada al cavar la bodega. ¿Por qué no poner mi casa, mi sala, detrás de este terreno en lugar de detrás de un mezquino conjunto de curiosidades, sustitu­to pobre de la Naturaleza y el Arte que se llama «mi jardín de delante»? Limpiar y dejar la propiedad decente una vez que se ha marchado el carpintero y el albañil es todo un esfuerzo, pero se hace tanto para el transeúnte como para el morador. Un seto, para mí, nunca ha sido un objeto de estudio agradable, por muy bonito que sea; los adornos más elaborados me cansan enseguida y me disgustan. Llevad vuestros umbrales hasta el borde del pantano (aunque quizá no sea el mejor lugar para tener una bodega seca), de modo que los ciudadanos no puedan acceder por allí. Los jardines de delante no están hechos para entrar, sino, como mucho, para cruzarlos y poder entrar por detrás.

Cassandra

Cassandra calyculata

Sí, aunque me consideréis perverso, si me propusieran vivir en el vecindario de los jardines más bellos que el arte humano haya concebido o en un «Pantano Deprimente», sin duda elegiría este último. ¡Qué vanos han sido para mí todos vuestros esfuerzos, ciudadanos!

Mi ánimo infaliblemente se levanta en proporción directa a un exterior monótono. Dadme el océano, el desierto o las extensiones salvajes! En el desierto, el aire puro y la soledad compensan la falta de humedad y fertilidad. El viajero Burton dice al respecto: «La moral mejora; uno se vuelve franco y cordial, hospitalario y decidido... En el desierto, los licores fuertes estimulan sólo la repugnancia. Hay un gozo intenso en la mera existencia animal».

 

Gobi

Desierto del Gobi

 

 Quienes han viajado mucho por las estepas tártaras dicen: «Al regresar a las tierras cultivadas, la agitación, la perplejidad y el torbellino de la civilización nos oprimía y sofocaba, como sí nos faltara el aire, y a cada momento pensábamos que íbamos a morir de asfixia». Cuando quiero recrearme, busco el bosque más profundo, el pantano más denso, más interminable, y, para el ciudadano, el más deprimente. Penetro en el pantano como en un lugar sagrado, un Sancta Sanctorum. Allí está la fuerza, la médula, de la Naturaleza. El bosque virgen cubre el mantillo, y la misma tierra es buena para el hombre y para los árboles. La salud humana requiere tantos acres de pradera para contemplar como carretadas de estiércol su granja. Es la fuerte sustancia de la que se alimenta. A un pueblo lo salvan tanto los bosques y pantanos que lo rodean como los hombres de bien que lo habitan. Una comunidad con un bosque primitivo que se agita en lo alto y otro bosque primitivo que se pu­dre por debajo, no sólo es apropiada para el cultivo de grano y patatas, sino también para el cultivo de poetas y filósofos por los siglos veni­deros. En semejante suelo se criaron Hornero, Confucio y el resto, y de esa naturaleza salvaje surge el Reformador que come langostas y miel silvestre.

 

Tartaria

Mapa de Tartaria

 

Conservar los animales salvajes por lo ge­neral supone la creación de un bosque en el que habiten y al que recurran. Lo mismo sucede para el hombre. Hace cien años, en las calles se vendían cortezas extraídas de nuestros pro­pios bosques. Creo que en el simple aspecto de esos árboles primitivos y ásperos había un principio que curtía y fortalecía las fibras del pensamiento humano. ¡Ay, tiemblo por esta época degenerada, en comparación, de mi pueblo natal en que ya no se puede recoger un buen montón de corteza gruesa ni producimos brea ni trementina!

Las naciones civilizadas —Grecia, Roma, Inglaterra— se han alimentado de los bosques primitivos que antiguamente se pudrieron donde están ellas. Sobreviven en tanto la tierra no se agote. ¡Ay de la cultura humana! Pero se puede esperar muy poco de un pueblo que agote su manto vegetal y se vea obligado a fabricar abono con los huesos de sus antepasados. Allí el poeta se nutre sólo de su grasa superflua y el filósofo se ve reducido al tuétano de sus huesos.

¿Dónde está la literatura que da expresión a la Naturaleza? Estaría representada por un poeta capaz de poner a los vientos y arroyos a su servicio para que hablaran por él; que clavara las palabras a su primitivo sentido, como los campesinos clavan en primavera las estacas que la helada ha levantado; que extrajera las palabras siempre que las usara y las trasplantara a su página con la tierra adherida a las raíces; cuyas palabras fuesen tan verdaderas, frescas y naturales que parecieran expandirse como los brotes al acercarse la primavera, aunque estuviesen semiasfixiadas entre dos hojas enmohecidas de una biblioteca... sí, florecer y fructificar allí, según su especie, anualmente para el lector fiel, en armonía con la Naturaleza que las rodea.

Libros apilados

No conozco ninguna poesía que exprese adecuadamente este anhelo por lo Salvaje. Desde este punto de vista, la mejor poesía es insustan­cial. No sé en qué literatura encontrar, antigua o moderna, una expresión que satisfaga esta visión de la Naturaleza que conozco. Veréis que exijo algo que ni el período neoclásico ni el isabelino, que ninguna cultura en definitiva, pueden ofrecer. La mitología es lo que más se acerca. La mitología griega, al menos, tiene sus raíces en una Naturaleza mucho más fértil que la literatura inglesa. La mitología es el fruto que produjo el Viejo Mundo antes de que su suelo se agotara, antes de que la plaga echara a perder la fantasía y la imaginación, y que sigue produciendo dondequiera que su prístino vigor esté intacto. El resto de las literaturas no duran más que la sombra de los olmos sobre nuestra casa; pero la mitología es como el gran drago de las islas Canarias, viejo como el género humano, y, desaparezca o no, durará tanto como él; pues los despojos de otras literaturas producen el mantillo en el que ella prospera.

Drago

 

Occidente se está preparando para añadir sus fábulas a las de Oriente. Los valles del Ganges, del Nilo y del Rin ya han recogido sus cosechas; falta ver lo que producirán los valles del Amazonas, del Plata, del Orinoco, del San Lorenzo y del Misisipí. Tal vez, cuando con el correr del tiempo la libertad americana se haya convertido en una ficción del pasado como ya es, hasta cierto punto, una ficción del presente, los poetas del mundo se inspiren en la mitología americana.

 

Ni los sueños más fantásticos de los salvajes son menos auténticos, aunque no correspondan al criterio general que domina entre los ingleses y americanos de hoy. No todas las verdades coinciden con el sentido común. La Naturaleza tiene un lugar tanto para la clemátide silvestre como para la col. Algunas expresiones de la verdad son retrospectivas; otras, meramente sensatas, como suele decirse; y otras, proféticas. Algunos tipos de enfermedad, incluso, pueden profetizar formas de salud. Los geólogos han descubierto que las figuras de serpientes, grifos, dragones voladores y otras imágenes fantásticas de la heráldica, tenían su prototipo en las formas de especies fósiles que se extinguieron antes de la creación del hombre, y, por lo tanto, «indican un conocimiento difuso y oscuro de un estado previo de existencia orgánica». Los hindúes se imaginaban que la tierra se apoyaba sobre un elefante, y el elefante sobre una tortuga, y la tortuga sobre una serpiente; y, aunque quizá sea una coincidencia sin importancia, no estaría de más señalar que últimamente se ha descubierto en Asia el fósil de una tortuga lo suficientemente grande como para sostener a un elefante.

 

Confieso que tengo cierta debilidad por estas increíbles fantasías que trascienden el orden del tiempo y la evolución. Son un recreo sublime para el intelecto. A la perdiz le encantan los guisantes, pero no los que la acompañan en la cacerola.

En síntesis, todo lo bueno es salvaje y libre. En un acorde musical, ya sea producido por un instrumento o por la voz humana tomemos, por ejemplo, el sonido de una corneta en una noche de verano, hay algo que, por su salvajismo, y hablo sin ironía, me recuerda al grito de las fieras en sus bosques natales. Puedo entender gran parte de su desenfreno. Dadme hombres salvajes como amigos y vecinos, no seres sumisos. La barbarie de los salvajes no es más que un débil símbolo de la espantosa ferocidad con la que se topan los hombres de bien y los amantes.

Me satisface que haya que domar a los caballos y a los novillos para convertirlos en esclavos de los hombres, y que los hombres mismos tengan que pasar las mocedades antes de convertirse en miembros sumisos de la sociedad. Sin duda, no todos son igual de civilizables; y, que la mayoría sean dóciles por disposición heredada, como los perros y las ovejas, no es razón para domar la naturaleza de los demás y reducirlos al mismo nivel. Los hombres en general se parecen, pero se han creado varios tipos para que pueda haber diversidad. Para cosas sin importancia, un hombre puede servir casi tan bien como otro; pero para algo más especial, hay que considerar la excelencia individual. Cualquiera puede tapar un agujero para impedir que entre el viento, pero no todos pueden realizar una tarea tan especial como la realizada por el autor de este ejemplo. Confucio dice: «La piel del tigre y el leopardo, una vez curtida, es como la del perro y la oveja». Pero no es el papel de una auténtica cultura domar al tigre, ni hacer que una oveja se convierta en un animal feroz; y curtir sus pieles para hacer zapatos no es el mejor uso que se les puede dar.

 

Tenemos una madre inmensa, salvaje y rugiente, la Naturaleza, que se extiende a nuestro alrededor con tal belleza y tal cariño por sus hijos como el leopardo; y sin embargo, nos separan demasiado pronto de su seno para pasar a la sociedad, a esa cultura que es exclusivamente una interacción del hombre con sus semejantes, una especie de crianza endogámica que produce, como mucho, una nobleza inglesa, una civilización destinada a llegar a su fin rápidamente.

En la sociedad, en las mejores instituciones de los hombres, es fácil detectar cierta precocidad. Cuando aún deberíamos ser niños que cre­cen, ya somos pequeños hombres. Dadme una forma de cultivo que traiga mucho abono de las praderas y cave el suelo... ¡no una que confíe únicamente en abonos que calientan, en herramientas perfeccionadas y en métodos de cultivo!

No quisiera que todos los hombres ni todos los aspectos del hombre estuviesen cultivados, del mismo modo que no me gustaría ver cada acre de tierra cultivado. Una parte puede dedicarse a la labranza, pero la mayor extensión debe reservarse a las praderas y al bosque, y no sólo para utilizarlos de inmediato, sino para que preparen el humus del futuro distante por medio de la descomposición anual de la vegetación que albergan.


Aunque casi todos los hombres se sienten atraídos hacia la sociedad, hay unos pocos que se sienten profundamente atraídos por la Naturaleza. La reacción de la mayoría de éstos hacia la Naturaleza, a pesar de sus artes, me parece inferior a la de los animales. ¡Qué poco valoramos la belleza del paisaje! Nos han dicho que los griegos llamaban al mundo kosmos, Belleza u Orden, pero no sabemos muy bien por qué lo hacían, y, como mucho, lo consideramos un hecho filológico curioso.

Canova

En cuanto a mí, con respecto a la Naturaleza, tengo la impresión de vivir como una especie de habitante fronterizo, en los confines de un mundo al que hago sólo incursiones ocasionales y efímeras, y mi patriotismo y lealtad hacia el estado a cuyos territorios parezco retirarme son los de un bandolero. Con tal de llegar a una vida que yo llamo natural, seguiría con gusto incluso a un fuego fatuo por pantanos y ciénagas inimaginables, pero ni luna ni luciérnaga alguna me han mostrado el sendero que lleva hacia allí. La Naturaleza es una personalidad tan vasta y universal que siempre habrá algún rasgo que no hemos visto. El andariego que recorre los familiares campos que se extienden por los alrededores de mi pueblo natal se encuentra a veces con una tierra distinta de la que figura en los títulos de propiedad, como si estuviera en algún territorio lejano en los confines del Concord real, donde cesa su jurisdicción, y la idea que la palabra Concord [concordia] sugiere deja de ser sugerida.

 

Estas granjas cuyos planos yo mismo he trazado, estas estacas que yo mismo he clavado, aparecen difusamente inmóviles como a través de la niebla; pero no existe proceso químico que pueda fijarlas; se desvanecen de la superficie del cristal, y la imagen que el pintor ha pintado sale confusa de debajo. El mundo al que estamos acostumbrados no deja rastro, y no tendrá aniversario.

 

La otra tarde fui a dar un paseo por la finca Spaulding. Vi el sol crepuscular iluminando un majestuoso bosque de pinos sobre el lado opuesto. Los rayos dorados se filtraban por los pasillos que dejaban los árboles, como si fuera una mansión señorial. Me impresionó como si se tratara de una antigua familia, admirable y espléndida, que se hubiese instalado sin que yo lo supiera en esa parte de la tierra que llamamos Concord y tuviera al sol como criado; una familia que no frecuentaba la vida social del pueblo y a la que no se iba a visitar. Divisé su parque, el campo de recreo, al otro lado del bosque, en el prado de arándanos de Spaulding. Los pinos, a medida que crecían, les proporcionaban los gabletes. La casa no se veía a simple vista; los árboles crecían a través de ella. No sé si escuché el ruido de unas risas ahogadas o no. Parecían descansar sobre los rayos del sol. Tienen hijos e hijas. Están perfectamente bien. La huella de la carreta del granjero, que cruza completamente la mansión, no los molesta en lo más mínimo, como tampoco el fondo enfan­gado de un charco con el reflejo del cielo que se ve a veces. Nunca han oído hablar de Spaulding, y no saben que es vecino suyo, a pesar de que yo lo he oído silbar mientras atravesaba la casa con su yunta. No hay nada que iguale la serenidad de sus vidas. Su escudo de armas es un sencillo liquen. Lo vi pintado en los pinos y los robles. Las buhardillas estaban en la copa de los árboles. No hacían política. No había ruido de trabajo. No parecía que tejieran ni hilasen.

Sin embargo, lo que sí detecté cuando el viento se calmó y se acallaron los ruidos, fue el susurro musical más suave y bonito que pueda imaginarse, como el zumbido distante de una colmena en mayo... Quizá fuera el murmullo de sus pensamientos. No tenían pensamientos ociosos, y nadie de fuera podía ver su trabajo, pues su laboriosidad no estaba encerrada como en nudos y excrecencias.


Pero me cuesta recordarlos. Se desvanecen de mi mente irremediablemente, incluso ahora mientras trato de evocarlos y calmarme. Sólo después de un prolongado y serio esfuerzo por acordarme de mis mejores pensamientos, vuelvo a ser consciente de su presencia en este lugar. Si no hubiese familias como ésta, creo que me iría de Concord.


En Nueva Inglaterra tenemos la costumbre de decir que cada año nos visitan menos palomas. Nuestros bosques no les brindan hayucos ni bellotas. Del mismo modo, pareciera que de año en año cada vez menos ideas visitan a los hombres a medida que crecen, porque el bosquecillo de nuestra mente está devastado, se ha vendido para alimentar el fuego fatuo de la ambición, o se ha enviado al aserradero y apenas queda una ramita sobre la que puedan posarse. Ya no anidan ni crían entre nosotros. En alguna estación mejor, quizá una sombra tenue atraviese el paisaje de la mente, impulsada por las alas de algún pensamiento en su migración vernal u otoñal, pero, al mirar hacia arriba, no logramos detectar la esencia del pensamiento mismo. Nuestros pensamientos alados se convierten en aves de corral. Ya no se elevan y sólo llegan a la grandeza de las especies de Shanghai o la Cochinchina. ¡Estos grandiosos pensamientos, estos grandiosos hombres de los que se habla!

 

Nos abrazamos a la tierra... ¡raramente alzamos vuelo! Creo que podríamos elevarnos un poco más. Al menos podríamos trepar a un árbol. Una vez descubrí el valor de subir a un árbol. Era un gran pino blanco en lo alto de una colina; y aunque me llené de resina, valió la pena porque descubrí en el horizonte montañas que nunca había visto... ¡tierras y cielos nuevos! Si no me hubiera subido, podría haberme paseado durante setenta años sin llegar a verlos jamás. Pero sobre todo descubrí a mi alrededor — era final de junio — unas delicadas y diminutas flores rojas de forma cónica, la flor fecunda del pino blanco que apunta al cielo y que sólo se encuentra en las ramas más altas. Me llevé el brote apical directamente al pueblo y se lo enseñé a unos jurados forasteros que paseaban por las calles — era semana de audiencia — , a unos campesinos, a unos comerciantes de madera, a unos leñadores y a unos cazadores. Nadie hasta entonces había visto nada igual y se maravillaron como si una estrella hubiese caído del cielo. ¡Como los arquitectos de la antigüedad que acababan su obra rematando la punta de la columna con la misma perfección que la empleada en las partes más visibles de la base!

La naturaleza ha dirigido desde el principio esas diminutas flores del bosque hacia el cielo, por encima de nuestra cabeza, de modo que pasen inadvertidas. Sólo vemos las flores que están a nuestros pies en los prados.

Hace siglos que cada verano los pinos abren sus delicadas flores en las ramas más altas del bosque, sobre todos los hijos de la naturaleza, tanto blancos como pieles rojas, pero difícilmente un campesino o un cazador las haya visto jamás.

Por encima de todo, no podemos darnos el lujo de no vivir en el presente. Bendito entre todos los mortales quien no pierde ni un instante de la vida que pasa a su lado recordando el pasado. A menos que nuestra filosofía oiga el canto del gallo en todos los corrales de nuestro horizonte, siempre estará desfasada. Este canto suele recordarnos que nuestros trabajos y formas de pensar están cada vez más oxidados y son cada vez más viejos. Su filosofía llega a una época más reciente que la nuestra. Hay algo en él que hace pensar en un testamento más nuevo, un evangelio según este momento. No ha ido atrás; ha madrugado y mantenido su ventaja, y estar donde está él es estar oportunamente, en primera línea del tiempo. Es una expresión de la salud y sensatez de la Naturaleza, una bravuconada para el mundo entero, saludable como un manantial que brota, como la nueva fuente de las Musas, para celebrar este supremo instante de tiempo. Allí donde habita no se aprueban leyes para esclavos fugitivos. ¿Quién no ha traicionado a su amo muchas veces desde la última vez que escuchó esta nota?

 

Castalia

Fuente Castalia

El mérito del canto de esta ave es la ausencia de toda melancolía. Un cantante puede hacernos llorar o reír con facilidad, ¿pero quién puede estimularnos el puro gozo matinal? Cuando un domingo estoy deprimido y triste andando por las aceras espantosamente silenciosas, o, quizá, cuando me encuentro en una casa mortuoria, y escucho cerca o a lo lejos el canto de un gallo, pienso para mí mismo: «Al menos uno de nosotros está bien», y repentinamente recupero mi sano juicio.

Un día del pasado noviembre tuvimos un atardecer notable. Me paseaba por un prado donde nace un arroyuelo, cuando el sol, justo antes de ponerse después de un día frío y gris, por fin llegó a una parte despejada del horizonte y una especie de luz matinal de lo más suave y brillante cayó sobre la hierba seca, los troncos de los árboles del lado opuesto y sobre los follajes de los robles jóvenes de la ladera de la colina, mientras nuestras sombras se alargaban sobre el prado, hacia el este, como si fuéramos simples partículas de los rayos. Era una luz imposible de imaginar un instante antes, y el aire estaba tan tibio y sereno que no faltaba nada para que ese prado fuera un paraíso. Cuando pensamos que no era un fenómeno único que no volvería a repetirse, sino que se repetiría eternamente un número infinito de tardes para alegrar y tranquilizar a la última criatura que caminara por aquel lugar, fue más glorioso aún.

 

Hoja

 

 

El sol se pone en alguna pradera distante, en la que no se ve ninguna casa, con toda la gloria y el esplendor que prodiga sobre las ciudades, y, quizá, como jamás se ha puesto hasta hoy... en un lugar donde no hay más que un halcón solitario con las alas doradas por la luz crepuscular, o donde sólo una rata almizclera se asoma de su madriguera y un arroyuelo de vetas negras en medio de un pantano empieza a serpentear lentamente alrededor de un tocón que se pudre. Caminábamos bajo una luz tan pura y centelleante que dora la hierba y las hojas marchitas, una luz de un resplandor tan dulce y sereno que pensé que nunca nos habíamos bañado en semejante caudal áureo, sin una onda, sin el más mínimo murmullo alrededor. La parte oeste de todos los bosques y colinas brillaba como los alrededores del Elíseo, y el sol detrás de nosotros parecía un bondadoso pastor llevándonos de regreso a casa al atardecer.

 

Es así como paseamos en busca de la Tierra Santa, hasta el día en que el sol brille más que nunca y quizá ilumine nuestra mente y nuestro corazón, y alumbre nuestra vida entera con la majestuosa luz del despertar, tan tibia, serena y dorada como a orillas de un río en otoño.

 

 

Sol

 

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Antonio

 

 

sautering

 

 

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