BIBLIOTECA

 

4.- ONTOLOGÍA Y TELEOLOGÍA

DEL JARDÍN.

Rosario Assunto

Capítulo I

Traducción Mar García Lozano

 

Treviso. 1991

 

 

Puede parecer escandaloso, si no paródico, asociar dos sustantivos como ontología y jardín, como si quien escribe quisiera burlarse de los que leen su escrito. Pero si ha de haber burla, si se quiere provocar escándalo, hay que decir rápidamente que los destinatarios (no casuales, lo confieso) serán aquellos lectores que al concepto de jardín, a la realidad de los jardines, unan un atributo de frivolidad, de blandura. Algunos puritanos secularizados de hoy lo yen como un espacio que, para el ocio y el entretenimiento de la minoría, se sustrae a las instalaciones habitables, a las destinadas a servicios, a la laboriosidad productiva destinada al provecho de la mayoría.

 

No soy un experto en ciencias económicas, materia que estudié, es cierto, en los lejanos años en que la incertidumbre sobre mi vocación me llevo a cursar Derecho; pero mis mediocres resultados, a pesar de la concienzuda preparación, fueron paralelos al escaso o nulo aprovechamiento: no poseo conocimiento alguno sobre derecho financiero ni sobre su historia. Sin embargo, me temo que no será un despropósito (si lo es me corregirán los que saben mas que yo de esta materia) el convencimiento en mí arraigado de que precisamente el catonismo social, que ve en los jardines un privilegio de desocupados mas o menos blasonados, debe haber inspirado a los gobernantes italianos una legislación fiscal sancionadora, imponiendo a los dueños de jardines, además de la ganancia cesante de un suelo destinado a usos ciertamente no rentables, el llamado perjuicio emergente de una sobrecarga añadida al coste, ya de por si considerable, que requiere la manutención de un jardín, sobre todo en una ciudad. Esto ayudaría a explicar, aunque no de un modo exhaustivo, la desaparición, aquí en Roma, poco después de la unidad italiana, de lo que un testigo ocular, nada menos que Gabrielle D' Annunzio, condenando su destrucción, llamo "radiante corona de villas gentiles que no es comparable con nada en el mundo de la memoria y de la poesía". Para quien quiera documentarse con exactitud, salió hace algunos años un libro de Alessandro Tagliolini titulado, precisamente, Los jardines de Roma 1. En el uno se enterara de como, cuando y por qué desaparecieron Villa Ludovisi, Villa Montalto, Villa Patricio, Villa Costaguti, etc.; y se encontrarán otras muchas noticias que no se sabe por que extraño pudor han permanecido en el silencio.Por ejemplo, el merito del Instituto de las Viviendas populares que a caballo de la primera guerra mundial quiso que surgieran en medio de los jardines, las casas de los barrios de San Saba y de la Garbatella, y que, junto a la Unione Edilizia Nazionale, realizó en aquellos años la Ciudad-Jardín Anienne, destruida estúpidamente después de la segunda guerra mundial para hacer sitio a unos bloques de cemento; y el parque que nunca se construyó, con el que Piccinato proponía sabiamente formar alrededor de la ciudad un cinturón verde, que hubiera sido de algún modo la pérdida y radiante corona de las villas señoriales; o, entre la primera y la segunda guerra mundial, los jardines públicos del arquitecto De Vico, en la ladera del monte Oppio, donde había una rosaleda, hoy desaparecida, con dos mil quinientas variedades de rosas. Sin mencionar una noticia que nos refrescará la memoria: la construcción de la Villa Olímpica en 1960 que partió en dos el parque de Villa Pamphili, obedeciendo quizá a 10 que años antes había dicho un político de la derecha o del centro-derecha: el trafico es una realidad, mientras que la estética es materia subjetiva y
opinable.


He mencionado el proyecto romano de Piccinato, todavía. digno de alabanza aunque haya pasado medio siglo. Del mismo arquitecto debería recordarse el plan regular para la ciudad de Nápoles, del año 1939, que preveía grandes parques en la colina de Posillipo, en Camaldoli y en Capodimonte. Pero, en homenaje a la modernidad y al progreso que querían, como se decía entonces, una Nápoles americanizada, dicho proyecto fue fraudulentamente manipulado, después de un intento fallido de risible depuración; y por obra de los entes públicos, aparte de los especuladores privados, los lugares destinados a parques, jardines y terrenos cultivados, se convirtieron en áreas edificables 2.

Pero seria inútil y equivocado enmarcar el problema dentro de los angustiosos esquemas políticos. Haciéndolo, terminaríamos, para bien o para mal, intercambiando afirmaciones y ejemplos provenientes de todos los bandos y seudobandos; acabaríamos jugando al pingpong con declaraciones de personajes mas o menos prestigiosos, romanos o sieneses; o, por ejemplo, de la Pesaro de los años setenta; 0 sucesos que ocurrieron en Agrigento hace veinte años... No terminaríamoss nunca con los ejemplos. Entre ellos, una carta cuyo autor vestía sotana, y que fué una persona digna de respeto incluso por parte de quien no compartía su anticulturalismo preaños sesenta, por la valiente dedicación con la que se prodigó hasta el ultimo aliento, incluso aquejado por una brutal enfermedad, para realizar sus ideas socio pedagógicos. En esa carta manifestaba su deseo, junto al del destinatario, que profesaba ideologías ajenas a su ministerio, de derribar la verja de un parque; considerando evidentemente los parques y jardines símbolos vituperables de privilegio social y político y de derroche egoísta, tal y como siempre los ha juzgado el catonismo social de cualquier color.

Para perjuicio de todos, hay que decirlo; porque la presencia de un jardín, aunque no este abierto a cualquiera, es algo que alegra el espíritu de todos y a todos beneficia la salud; tanto a los propietarios como a los paseantes, tanto a quien vive en su interior como a los enamorados que, en una poesia del Rilke fin de siecle, al volver de una noche de luna se prometen olvidar la gran ciudad con su tristeza, y marcharse lejos, y arrimarse a la verja que los separa del jardin prohibido: "Wir wollen, wenn es wieder Mondnacht wird, / die Traurigkeit zu Grosser Stadt vergessen / und hingehn und uns en das Gitter pressen, / das uns yon dem versagten Garten trennt..." 3.

Verdaderamente, si existe un poeta con cuya ayuda podemos sustraer el teorizar sobre el jardín del circulo cerrado en el que nos moveremos si, a partir de la experiencia diaria, con sus contradicciones, no alcanzamos al ser sobre el que se funda la experiencia conciliando en si misma la multiplicidad de sus distintos modos de aparecer, este poeta es, sin duda, el Rilke de apenas veinticinco años que en las Primeras poesias (Friihe Gedichte) compuestas en Florencia y en Berlín entre 1897 y 1898, poetizó los jardines como lugares en los que se cree. "Das sind die Garten an die ich glaube", "estos son los jardines en los que creo", dice a1 comienzo de una poesía compuesta en Berlin-Wilmesdorf el19 de noviembre de 1897 4; Y en el epígrafe al grupo de los Poemas de juventud (Lieder der Miidchen) compuesto en Florencia y Viareggio en mayo de 1897 introdujo un poema que había escrito en el Trentino mientras viajaban hacia la Toscana: "muchachos. vosotros os parecéis a los jardineshen seid wie die Garten / an Anend im April / Friihling auf vielen Fahrten, / aber noch nirgends ein Ziel en una tarde de abril, donde son tantos y todos sin meta, los caminos de la primavera" (<<Ihr Madc")5 . Y en una poesía posterior, dirigiéndose a la amada que no volvená nunca, perdida de antemano escribe: "Du im Voraus / verlorne Geliebte, Nimmergekommene...". Rilke retomará este tema de la identificación mujer-jardin, poetizando en los jardines el lugar de la esperanza, como en el poema introductorio alas Poesias juveniles era el lugar de una espera que no se cumple, entramado tardío de primaverales caminos sin meta: "Ah, tu eres los jardines / con cuanta esperanza los miro..." (Ach, die Garten bist du, / Ach, ich sah sie mit solcher / Hoffnung...") 6.

Estos jardines de Rilke son jardines en los que los sentimientos de los hombres, sus esperanzas, sus desengaños, se objetualizan como lugares en donde se construye un mundo en el que vive el sentir interior. Son jardines donde no son los hombres los que observan a las estatuas, sino que son las estatuas las que, con larga mirada, observan a los hombres. Como sucede en ciertos versos que Rilke escribió con toda probabilidad en Florencia, en mayo de 1898: "Mira como en los prados se oscurecen los cipreses, mira en las prohibidas alamedas las figuras de gestos marmóreos que están hace tiempo esperando, cuyos ojos nos miran..." (La traduccion es libre, el texto dice: "Schau, wie Zypressen schwarzer werden / in den Wiesengrunden, und auf wen / in den unbetretbaren AIleen die Gestalten mit Steingebarden / weiterwarten, die uns iibersehn..." 7). Es otra prueba mas de que los poetas ven lo que los demás no ven, porque saben más que Los otros y lo que saben lo transmiten de tal manera que no hace falta ser especialista para entenderlo.


La poesía es entonces el desvelamiento de un saber que la experiencia cotidiana mantiene oculto. Débil como es, la cotidianeidad solo se interesa por lo que en el mundo es efímero, superficial. Los versos de Rilke, palabras que en su rítmico fluir unen el concepto y la imagen, nos dicen lo que oscuramente intuimos en nuestra experiencia cotidiana de los jardines, al pasear por sus alamedas o al quedarnos absortos ante un jardín que no es accesible para los extraños. Para quien esto escribe, la inolvidable dulzura de un vagar solitario, en la juventud, al detenerse en las distintas estaciones del año, fantaseando, ante la verja de la romana Villa Albani. Y una dulzura semejante, quizá mas intensa, llegado a una edad menos amarga, cuando era hermoso interrumpir al mediodía el paseo por la Biennale, todavía sin destrozar por el estúpido igualitarismo anticompetitivo, para pasear por los Jardines, sin nombre, que Napoleón quiso para Venecia y que construyó Selva; y en la primera luz de septiembre, detenerse en el pequeño puente armonizando las meditaciones sobre los cuadros y pinturas contemplados por la mañana, con el suave rumor de las barcas de la laguna, que dulcemente encrespaban el canal que sonaba a verde, flanqueado por una doble fila de chopos, gorgojeante de pájaros 8.

EI jardín es un espacio absolutamente distinto a los espacios que nuestra cotidianeidad consume consumiéndose en ellos. No es una mera exterioridad; es, al contrario, y Rilke nos lo ha dicho de la mejor forma posible, un espacio en el que la interioridad se convierte en mundo, y donde el mundo se interioriza. Un espacio que el sentimiento y el pensamiento, objetivándose en él, han individualizado como lugar; del mismo modo que ellos, subjetivando el espacio e identificándose con él, se han hecho ellos mismos lugar.

Los jardines, todo jardín, es el hacerse lugar de un sentimiento y un pensamiento; más aun, de la unidad inseparable de sentimiento y pensamiento en la que siempre el pensamiento es pensamiento de un sentimiento, y el sentimiento es sentimiento de un pensamiento. Podemos decir, con mayor precisión, que todo jardín es un sentimiento-pensamiento convertido en lugar. Y esto que parece una paradoja es, sin embargo, una verdad que cualquiera puede experimentar, reflejada en los jardines de la propia vida, a partir, tal vez, de los jardines de la infancia, a los que siempre regresamos con nuestra mente, evocados por aquello que para cada uno de nosotros puede ser el equivalente de la magdalena empapada que transportaba a Proust a los lugares y entre las personas de su primera juventud.

EI jardín es sentimiento-pensamiento ( o pensamiento-sentimiento) en el que vivimos. Pero también, lugar que pensamos en el sentimiento, y sentimos en el pensamiento. El jardín como lugar interior, en el sentido de interioridad-lugar.

Desvinculada del milenarismo secularizado, cuyo improbable cumplimiento futuro iba a hacernos pagar, hace ahora algún tiempo, el precio de una elecci6n entre terrorismo y socialismo real (fundados ambos en el presupuesto de que "la filosofía no es ya filosofía si no es dialéctico-materialista" 9); y devuelta al Hegel mas autentico, el que concluye la Ciencia de la L6gica celebrando el pensamiento como presencia total del ser, "circulo de círculos", "Kreis yon Kreisen". podemos apropiarnos de una indicaci6n que hace Bloch parafraseando a Hegel: "el sujeto con el objeto, el objeto con el sujeto que se compenetran dialécticamente, lo verdadero que es lo real" 10 . Entonces el jardín, en su radical alteridad con respecto a los lugares de la experiencia cotidiana, en los que lo intimo y lo externo se enfrentan continuamente, es la meta de la búsqueda de la felicidad --don de lo interior se convierte en exterior y viceversa- a la que el marxista Bloch renunciaba en el presente, precisamente porque había rechazado, considerándola completamente falsa, la mas profunda y elevada afirmaci6n de Hegel, el circulo de círculos en el que la idea es naturaleza en cuanto "se pone como absoluta unidad del puro concepto y de su realidad"; y "en la idea permanece en si y por si la totalidad del concepto, y la ciencia en la relaci6n del conocimiento divino con la naturaleza": "in der Idee bleibt sie an und fUr sich die Totalitat des Begriffs und die Wissenschaft im Verhaltniss des g6ttlichen Erkennens der Natur" 11.

El hecho de que este Hegel sorprenda, como mínimo, a los lectores habituados a su vulgarizaci6n marxista, o a quien ve en el únicamente un enemigo de la naturaleza, además del teórico de la llamada muerte del arte, no prueba nada, excepto la necesidad de revisar críticamente sus excesivamente confusas interpretaciones. Para nosotros, que pretendemos depurar la esencia del jardín, el ser del jardín, los enunciados finales de la Ciencia de la Lógica quizá nos ayuden a entender el jardín en su propia espacio-temporalidad, que le confiere un carácter absolutamente distinto respecto a los lugares de la experiencia cotidiana.

Absoluta alteridad del jardín como lugar de un cumplimiento aquí y ahora, no antes o después de la historia; un cumplimiento que nos esta permitido a todos, en cualquier tiempo y lugar donde surjan jardines que aun no estén sacrificados por los fetiches de la urbanizaciónn industrial, masificadora y aglomeradora ,senalaré de pasada que el verbo aglomerar ha sido usado, a este respecto, por Marx y Engels, y por Ortega y Gasset: en alabanza de la burguesía industrial y urbanizadora (<<sie hat die Bevolkerung agglomereit") en el manifiesto del 48; y como connotación de un tiempo que arrolla todo lo que es diferente, singular, calificado y selecto (<<arrolla todo lo diferente, egregio, calificado y selecto" a), en el primer capitulo de ese libro visionario y decisivo que fué, hace ya mas de medio siglo, La rebelión de Las masas, titulado, precisamente "El hecho de las aglomeraciones. " 12

Cumplimiento que desaglomera, tanto si se esta solo como rodeado de muchos (al no ser socio-política la aglomeración masificadora tampoco es cuantitativa; se puede ser hombre-masa en soledad y uno se puede separar, se puede aislar incluso estando en medio de una multitud): este es el cumplimiento que permite el jardín a cualquiera que vaya a el para realizar la unidad del hacer y del contemplar; de la acción que plotinianamente se identifica a si misma en la contemplación, el contemplar que coincide con la vida misma en el acto de su vivirse; vivirse a si misma a través del autocontemplador, sintiendo un placer estético en el que es el propio goce el que como tal se hace objeto de placer -según un concepto que debemos a los románticos alemanes, especialmente a F. Schlegel, quien lo enunci6 en la novela Lucinda, cuyo episodio mas importante está ambientado en un jardín, donde el dialogo entre los dos amantes, después de una noche de amor, alcanza los vértices de la fascinación poética y de la profundidad filosófica.


Esta unidad de contemplaci6n y vida, de contemplación viviente y vida contemplativa, que está al alcance de todos muestra, en el jardín, lugar en el que dicha unidad se realiza, no el lujo superficial que desaprueban los censores filisteos de la sociabilidad; sino algo que es una necesidad para todos los hombres, cualquiera que sea su condición, su realidad y su grado de formación. De ello tuve una feliz experiencia admirando, junto a mi deleitosa compañía, en un luminoso día de otoño, la moderada y civilizadísima felicidad de individuos (en el sentido de Ortega) y no de hombres-masa que irradiaba de la actitud y de los rostros de tantos emigrantes italianos, hombres y mujeres de evidente extracción obrera, endomingados a pocos kilómetros de sus lugares de trabajo. Fue en los espléndidos jardines de Herrenhausen, donde una vez Leibniz, con el argumento de que no hay dos hojas iguales en la misma planta, mostró a alguien que no le creyó que no se puede reducir el individuo-cualidad a simple cantidad, a un número en una masa amorfa e indiferenciada. Y era como si, caminando por los paseos de Herrenhausen, contemplando los setos, las estatuas, deteniéndose ante las fuentes y los quioscos diseñados por la escuela de Le Notre, aquellos compatriotas asimilasen la regularidad del jardín, cuya aristocrática belleza le fué devuelta después de la restauración posbélica, que no quiso convertirlo en un espacio abierto en el que instalar ninguna kermesse (b Verbena, palabra de origen helvetico.) populista, de esas que con su ruido, con su griterío, y con el vociferar de los altavoces ofenden la silenciosa majestad de algunas de nuestras villas seculares, y las ensucian con toda clase de octavillas, papeles y residuos de comida.

 

Roma cristiana de Benoist

No es el momento, sin embargo, para insistir más en la polémica contra el utilitarismo y el sociohedonismo que reducen los jardines a espacios para usar y consumir. La refutación de dicho utilitarismo, junto con la legitimización de las exigencias que lo motivan -exigencias de diversión y de sanidad publicas que se pueden satisfacer sin negar la idea de jardín y sin poner en peligro la realidad de los jardines- vendrá por sí sola apenas consigamos poner en claro, aunque sea de un modo somero y provisional, la teoría lógico-estética del jardín; como ser que se existencializa en la realidad practico-estática de los jardines, en variados y múltiples modos, como variados y múltiples son en su facticidad los jardines del mundo, diferenciados según las poéticas que hayan guiado la inventiva de sus artífices. Dichas poéticas son otras tantas esquematizaciones, me atrevo a llamarlas trascendentales, en las que la idea de jardín, la teoría, se homogeneiza con las distintas situaciones histórico-culturales; que en las poéticas del jardín se homogeneizan a su vez con la idea que esta llamada a realizarse en ellas.

Podemos definir las poéticas, por tanto, como mediadoras entre el ser y la existencia, entre la idea y la realidad; entre el Jardín en si y para si, digamos, y el jardín de Boboli, el de Caserta, o el de Blenheim en cuanto son sus realizaciones prácticas, en las que la idea se existencializa mediando en la realidad de los tiempos, de los lugares, de las culturas, gracias a las poéticas del jardín manierista, del jardín barroco, o del jardín ingles, respectivamente; que, por un lado, homogeneizan la teoría con las condiciones histórico-ambientales en las que debe realizarse, y, por otro, revelan la vocación estética de dichas condiciones, homogeneizando la idea de jardín con su autentica geografía natural, con su autentica historia cultural. Y sabemos hasta que punto cumplir una misión estética condiciona las ventajas que hoy llamaríamos ecológicas, ético-sociales, o de salud y entretenimiento públicos.

 

Villa Colonna, Roma


Versalles, un lugar malsano, cenagoso, se convierte en un sitio saludable gracias a Le Notre al construir el parque real de Luis XIV; Y no pocas localidades se beneficiaron del Acueducto Carolino que construyó Vantelli para realizar en Caserta la Cascada, condenada durante años a la aridez y al silencio con grave detrimento, no solo de la belleza e integridad de dicho parque, como obra de arte a la que nada se le puede quitar sin desfigurarla horriblemente, sino también de la salubridad del lugar, privado del beneficioso fluir y manar de aguas purísimas-; y todos saben que en Roma La Villa Panphili era conocida como del Bel- Respiro por el aire puro y saludable que aportaba a a los lugares que la rodeaban. En cuanto al recreo publico, bastará echar una mirada a los aguafuertes de Giambattista Falda, 0 a la acuarela de Johann Wilhelm Baur sobre Villa Borghese; y leer ciertas cartas del presidente De Brosses, o el Fauno de mármol de Nathaniel Hawthorne (1860), para darse cuenta de que los jardines con los que Roma se coronó, desde el siglo XVII hasta poco después de la unidad italiana, estuvieron abiertos para el disfrute de gente de cualquier edad y condición. Un recreo no necesitado de mercadillos, ni de escenarios mas o menos improvisados, ni de ruidosos y ensordecedores tocadiscos; un recreo confiado a la libre invención de los individuos, todos diferentes y todos cualificados, seleccionados, para usar las palabras de Ortega, cualquiera que fuera su status social. Sin ninguna programación superior mas o menos adoctrinante. Sin ninguna tabla redonda, en suma.

 

Nuestro propósito era, sin embargo, tratar de proponer una ontología del jardín. Para ser fieles a dicho propósito deberemos delinear someramente la idea única y universal de Jardín, la Teoría del Jardín, abstrayendo momentáneamente la practica en la que, haciéndose existente, se realiza. Las consideraciones que hemos realizado comentando textos heterogéneos, como las poesías de Rilke, el final de la Lógica de Hegel, o, sacándolos de su contexto marxista, ciertos comentarios de Ernst Bloch a la filosofía hegeliana, nos permiten reconocer en el "Jardin-Idea" el configurarse de la relación "HombreNaturaleza" como una modalidad de la relación "Sujeto-Objeto" en su momento álgido y definitivo, sometido a todos los demás y que a todos legítimamente somete: aquel en el que el Objeto se subjetiva sin dejar ningún residuo de muerta cosicidad, mientras el Sujeto se reconoce a su vez en el Objeto y se compenetra con el, constituyéndose como espíritu totalmente objetivado en la presencia sensible del Objeto.

Jardín es, en efecto, la Naturaleza en cuanto tal, según la ha modelado el hombre para expresar en ella su espíritu; utilizando las diversas técnicas de la agricultura, la arquitectura, la hidráulica, o la manualidad escultórica, con el fin de hacer del ambiente natural un lugar en el que vivir y contemplar se conviertan en una misma cosa. El lugar , podemos decir, de la contemplación viviente, que goza de si misma como vida que se autocontempla en el objeto subjetivado.

 


Aqui la existencia natural y humana renuncia a lo que en ella es accidental y caduco; y el Hombre reconoce, en la Naturaleza, la total y real presencia del "Ser" como infinita y eterna Objetividad, en cuanto que la Naturaleza se convierte en un espejo para el Hombre, quien contemplándose en la Naturaleza modelada como su propia expresión, reconoce en ella la presencia auténtica y total de su infinita y eterna Subjetividad. Tal vez sea lícito comparar el jardín con el lugar terrestre en el que (si queremos, y si somos capaces de salvarnos de la codicia consumista o, cuando menos, consumidora) es posible para todos renovar la identificación de la propia infinitud con la Infinitud absoluta con la que concluye Dante el balance de su viaje poético-especulativo: "Quella circulazion che si concetta / pareva in te come lume reflesso / dentro da se, del suo colore stesso, / mi parve pinta dell a nostra effige: / pero che'l mio viso in lei tutto era messo... c.

 


El jardín es, pues, naturaleza enteramente subjetivada por el hecho de ser expresión del espíritu humano; del mismo modo que, precisamente por ella, es subjetividad enteramente objetivada. Es naturaleza hecha palabra y palabra hecha naturaleza. En este punto, creo que es legitimo apropiarse de la definición de jardín que aparece casualmente en el dialogo De la coexistencia a la paz cuyo autor, Bruno Liebrucks (1911-1986) fue uno de los mas importantes pensadores de la Alemania de hoy, filósofo, luterano por nacimiento (como Kant, Hegel, Schelling o Hölderlin) pero de convencida, y por el mismo declarada, formación laico-liberal. Define el jardin como un modelo para el obrar humano en el que Dios está presente como palabra en la palabra de los hombres. En el jardín del hombre, in dem Garten des Menschen, "Er (Gott) wird als Sprache und in der Sprache der Menschen gegenwarting sein" 13.i,
¿Hay todavía alguien a nuestro alrededor que quiera tomar la palabra para defender la frivolidad congénica del "Jardín", para reclamar su conversión en un servicio social o de higiene publica?


UNA APOSTILLA SOBRE EL JARDIN
COMO VERTICALIDAD INDIVIDUALIZANTE 14

 

Para conceptualizar la defensa de los jardines históricos o modernos y de su eventual restauración, será necesario, en primer lugar, ponerse de acuerdo sobre la definición, podemos decir, finalista del jardín, como lugar destinado a vivir la contemplación y a contemplar la vida en el acto mismo de vivirla. EI jardín entendido como obra de arte cuyo disfrute se identifica con el vivir en ella; un vivir en el que el momento de la contemplación (y, por tanto, del goce estético, que no es pasividad receptiva, sino un hacer que tiene en la contemplación su origen y su fin) no este en relación, como en el caso de la arquitectura destinada a cualquier uso, con la destinación practica del lugar; sino que sea el fin para el que el lugar-jardín ha sido ideado y realizado.

EI disfrute del jardín, en cuanto arte de la naturaleza y naturaleza del arte, es incompatible con cualquier programa de consumo, o simplemente de uso (o peor aun abuso) del jardín como un puro y simple espacio destinado a albergar todo tipo de manifestaciones teatrales, lúdicas o mercantiles (como ferias, etc.) o también de la llamada cultura asociativa, necesitada de amplias áreas, o, como suele decirse, de espacios abiertos.

EI jardín, en suma, por esencia y destino, es incompatible con las modernas manifestaciones de masas, sean como sean programadas y por quien quiera que sean alentadas; las instalaciones que necesitan dañarían la vegetación, el trazado de los paseos, la arquitectura ornamental, las posibles esculturas; ensuciarían las fuentes y los estanques, haciendo que el jardín perdiese por un periodo mas o menos largo, o quizá para siempre, su identidad pictórica y arquitectónica. Por otra parte, el rudio de este tipo de instalaciones (altavoces, jukebox, etc.) destruiría el silencio del jardín como lugar estético, destinado a la contemplación, lugar-obra-de-arte, podríamos decir, del que forman parte el movimiento de las hojas de los árboles, el canto de los pájaros, el rumor suave o intenso de las aguas. La alborotadora muchedumbre de ese tipo de manifestaciones, impediría disfrutar del jardín a todos aquellos que quisiesen vivir en él una parte mas o menos larga de su jornada, buscando una pensativa contemplación. Sería una autentica violencia de la libertad individual, en cuanto que por un tiempo mas o menos largo, se disuadiría de frecuentarlo quien fuese a buscar lo que un jardín es y debe ser: un lugar de recogimiento y meditaci6n, Y i,Por qué no? un lugar de encuentros amorosos con rincones en los que sea posible la du1ce soledad a dos.

Roma Antigüa de Benoist

 

Las únicas actividades, digamos, recreativas que podrían tener lugar en jardines con lugares destinados especialmente a ellas (como quioscos, teatros al aire libre d (d En el original teatro di verdure, teatros al aire libre característicos de las villas del siglo XVIII cuyo escenario estaba formado de árboles y vegetaci6n)., cafés, restaurantes), serian conciertos musicales, espectáculos teatrales, o fiestas populares privadas y, por ello, libres y espontáneas; o esos entretenimientos al aire libre con limitaci6n en el numero de participantes, por invitaci6n o pagando, que se conocían con el nombre de "Garden Party". Las manifestaciones publicas, por ser incompatibles con la esencia y con la finalidad de los jardines, y por impedir, a quien no este interesado en ellas, disfrutar libremente de ellos por lo que son, deben tener lugar en otra parte, fuera de los jardines y lejos de ellos.

Pienso, por tanto, que uno debe abstenerse de cualquier uso que altere los jardines y de cualquier destinaci6n al consumo, que seria contradictoria con el placer de la contemplaci6n de la que el consumo es lo contrario. Sin hacer distinci6n entre consumo privado, sea lúdico o utilitario, y consumo social.

Puede ser una gran manipulación de la identidad estética de un jardín privado, sobre todo si se trata de un jardín histórico, el emplazamiento de instalaciones deportivas (canchas de tenis, etc.) o, como ahora esta de moda, de piscinas. Pero no pretendo, y tampoco tendría ninguna competencia en ese sentido, afrontar el lado jurídico económico de la cuesti6n; pienso únicamente en las rigurosísimas limitaciones de la disponibilidad de los jardines para fines distintos al de ser las especialísimas obras de arte que son (yen la prohibición absoluta de comercializarlos como áreas mediata o inmediatamente edificables, o de transformarlos en aparcamientos públicos), que debería corresponder, por parte de las instituciones publicas, con la ayuda, inc1uso económica, a quien posea jardines, por herencia o adquiridos, para mantenerlos íntegros en su individualidad estética.

No existe un consumo bueno y otro malo. Sea social o privado, el consumo de los jardines es siempre malo, y debe ser combatido a cualquier precio. Inc1uso cuando la aspiraci6n al consumo privado se funde sobre un quiritario ius utendi et abutendi, inadmisible en el caso de los jardines que, aun estando prohibidos al publico, son objeto de un universal placer.

Los jardines privados son, en efecto, un bien publico, en cuanto obras de arte que pueden ser disfrutadas estéticamente, ni mas ni menos, aunque de forma distinta, que los jardines públicos; si hay quien los observe desde fuera, desde lo alto, desde la calle, o desde las casas de alrededor. Es un prejuicio fundado sobre una concepci6n torpemente activista (e implícitamente consumista) pensar que no se puede disfrutar de un jardín también mediante el vago e indefinido fantasear que sugiere al paseante una verja que muestre paseos recortados, prados, árboles o fuentes; o un simple muro desde el que puedan verse, como sucede en ciertas carreteras de las colinas que rodean a Florencia, batirse los cipreses, olivos frondosos y resplandecientes magnolias; o en las carreteras comarcales de las ciudades pr6ximas a los Alpes, donde se alzan distintas variedades de coníferas con el punzante y saludable olor de la resina.

Estas consideraciones valen también para los pequeños jardines de las casas de la periferia de las ciudades, a menudo manipulados o destruidos para utilizarlos como zonas industriales, o bien sustituirlos por almacenes, garajes o aparcamientos al aire libre; jardines que, sin embargo, deberían, los que todavía existan, estar garantizados y cuidados como fuente de deleite publico, facilitando a sus propietarios su mantenimiento, incluso con ventajas fiscales, que irían en beneficio de todos, en cuanto que todos, como paseantes o vecinos, pueden disfrutar de dichos jardines, por muy pequeños que sean. Y lo mismo puede decirse con respecto a los jardines de los patios de las casas de vecinos, sean grandes o pequeños, antiguos o modernos; muchos de los cuales han sido sacrificados en las ultimas décadas, para dar paso a alguna construcci6n útil y funcional. Son jardines privados que hay que proteger en beneficio de todos. Porque todos, incluso los forasteros que están de paso, han perdido el indescriptible placer que producía en las calles de Roma, de vez en cuando, un portal que alegraba la vista por la fulminante aparici6n de vegetaci6n, y el olor del perfume de las plantas y de las flores, como un suave bálsamo que cambiaba según las estaciones; y donde el silbido de las fuentes y el canto de los pájaros formaba un armonioso concierto, venciendo el ruido de la calle. (,Quien puede olvidar los versos que algún jardín vislumbrado en un patio de Génova inspiró al joven Montale?: "... Quando un giomo da un malchiuso portono / tra gli alberdi di una corte / ci si mostrano i gialli dei limoni; / e il gel del cuore si sfa, / e in petto ci scrosciano / Ie lorD canzoni / Ie trombe d'oro della solaria."


e "... Cuando un día desde una puerta entreabierta / entre los árboles de un patio aparece el amarillo de los limones; / y el hielo del corazón se deshace, / y en el pecho nos incrustan sus canciones / las trompas de oro de la luminosidad."

 

Villa Ludovisi por Wilhelm Baur


Donde todavía queda alguno de esos jardines interiores, es preciso que se garantice su supervivencia, como un ejemplo de que la diferencia entre el disfrute privado y el disfrute publico (siempre que sean contemplaci6n y no consumo) es una simple diferencia de forma, y no una oposición que haga a los dos términos incompatibles. Y hay que recordar, una vez mas, que tampoco los grandes jardines de los palacios y de las villas patricias fueron en su origen, ni durante mucho tiempo, privados, como quisiera un prejuicio difundido en parte por ignorancia y en parte por artificiosas e interesadas razones políticas (a pesar de que, desde hace algún tiempo, han sido cerrados a un publico que pondría en peligro su existencia; de tal modo que la única forma de disfrutar de ellos es, para los extraños, la contemplación desde el exterior: como cuando a la vuelta de algunas esquinas, en el corazón de la Roma antigua, en medio de las construcciones aparecen como una fiesta los pinos mediterráneos del hoy inaccesible jardín Colonna).

Hoy inaccesible, pero no en el pasado, igual que otros jardines principescos de Roma, y quizá no solo de Roma. Y como no poseo titulo alguno que me autorice a pretender que se me crea, me permitiré aducir algunas pruebas que pueden ser verificadas por todos

Comenzaré con la lápida que había en una de las entradas a Villa Borghese, y que actualmente se conserva en el Museo de Roma. Está escrita en latín, pero en aquella época en Roma el latín lo entendían todos, incluso por transmisión oral a través del culto. Por otra parte, yo mismo recuerdo que hasta cerca del año 1940 las entonces numerosísimas casas para alquilar en las calles de Roma, sobre todo en los barrios habitados por popolani, romanos de Roma, se anunciaban con el cartel "est locanda".

En traduccion italiana, la lápida de Villa Borghese dice: "Ti dichiaro custode della villa -chiunque tu sia purche tu sia uomo libeHr-- non temere qui i vincoli della legge -Va dove vuo ichiedi cia che vuoi- esci quando vuoi. PiiI che per il proprietario qui tutto e
allestito per l'ospite- In questa felice eta che vede realizzarsi una si
curezza personale -II padrone di cas a non vuole imporre leggi severe- Sia qui 10 stesso piacere freno per l'ospite- ma se con malvagia premeditazione egli violera Ie leggi dell'urbanita -tema l'ira del custode che non manchera di infrangere- II patto dell'amicizia" 15 f.

 


No faltan documentos visuales que atestiguan la puesta en práctica de aquella norma: desde los grabados del piamontés Giambattista Falda (desde nuestro punto de vista importantísimos porque, si se observan con la debida atención, muestran que las villas romanas que pinta estaban abiertas, en la segunda mitad del siglo XVII, a todo tipo de gente) a a ya mencionada acuarela de Johann Wilhelm Baur, expuesta en una de las salas principales del museo de Villa Borghese; hasta una lamina en color que tengo ante mis ojos mientras escribo y que forma parte de una serie titulada Roma dans sa grandeur de la que son autores Felix Benoist del dibujo, Sabatier de la litografia y Payet del color, publicada por el editor Charpentier de Quai des Agustins 55, en Paris. No lleva fecha, pero, a juzgar por los trajes de los personajes de toda clase que aparecen, puede ser con toda probabilidad de 1850 aproximadamente 16.

 


Podríamos también recordar ciertas laminas de Bartolomeo y Achille Pinelli, y el soneto Villa Borghese, fechado el13 de octubre de 1835, en el que Giuseppe Gioacchino canta a las fiestas populares que la magnificencia de los propietarios permitía celebrar en Villa Borghese . Y cien años antes, el presidente de Brosses, en una visita a Roma en 1739-40 constató que el parque de Villa Ludovisi era el Lugar publico mas frecuentado de Roma 18 .

No olvidaré a otros ilustres viajeros más ómenos conocidos, o mas o menos desconocidos por quien no se interese específicamente por la literatura de viajes: de Stendhal a Taine (del que hay que recordar el testimonio sobre la Villa Reale de Napoles, hoy Municipal, que ya en 1861-62 estaba abierta al publico) a Veuillot -anterior en el tiempo-, a Chateaubriand, a Goethe, a Conrad Philip Moritz, a John Evelyn. Sobre el acceso a las villas privadas de Roma hasta el estallido de la primera guerra mundial existe un documento incontestable: la guía Roma en 1911, elaborada por un escritor y poeta muy conocido en su tiempo, Ugo Heres. En la pagina 198 aparece un Elenco de Villas privadas, que dice: "La Villa Pamphili esta abierta al publico los lunes y viernes, desde las 14 horas hasta el atardecer, del 1 de octubre al 30 de junio. La Villa Medici, de la Academia de Francia, en el Pincio, se puede visitar todos los miércoles y sábados, de las 8 horas alas 12 horas y de las 14 horas hasta media hora antes del avemaria; del de octubre al 31 de mayo. La Villa Malta, en el Aventino, calle Santa Sabina, 40, esta abierta al publico los miércoles y los sábados, desde las 9 horas hasta el atardecer. La Villa Colonna, Plaza del Quirinal, 15, esta abierta todos los miércoles, de las 10 horas alas 15 horas. Se puede ir a la administración Colonna, Plaza de los Santos Ap6toles, 53, de 10 a 12 horas. La Villa Madama, en el Monte Mario, cuya entrada, con una verja de madera, esta en el callejón de Macchia Madama, esta abierta al publico todos los sábados,desde las 9 horas, hasta el atardecer".

 


Esta costumbre se ha mantenido en algunos casos, aunque con la cautela necesaria: bastará pedir permiso al encargado y, obviamente, no formar parte de vociferantes comitivas. Hace algunos años yo mismo ví , en una plazoleta de Villa Aldobrandini, en Frascati, una pareja de novios del pueblo, no sé si de aquel lugar ó venidos de fuera, que, junto con el párroco, los familiares y testigos se hacían fotografías con el permiso del encargado y la aprobación post factum, mediante una sonrisa, de la propietaria que casualmente se encontraba en el lugar. Hasta poco después de 1960 se podía visitar libremente la Villa Pallavicino, en Stresa. Tampoco encontré dificultad alguna cuando, hace casi veinte años, desde la verja abierta del Palacio Schwarzenberg de Viena pedí permiso al encargado para visitarlo(donde encontré, por otra parte, algunas otras personas) y para poder fotografiar los paseos que después me sirvieron para ilustrar un libro con imágenes, obra de un fotógrafo por debajo de la mediocridad que muestran como los grupos de estatuas de tema mitológico del siglo XVII, obra del vicentino Mattieli, que adornan aquellos jardines estaban entonces (y espero que lo estén todavía) intactas y limpias en su marmórea blancura. Cosa que desgraciadamente no se puede decir de las esculturas y arquitecturas que adornan los jardines públicos de Roma (no se si tampoco de otras ciudades) ensuciadas por escritos imborrables y mutiladas, de diversos modos, por el vandalismo de lo que Ortega llamo hombre-masa, que anida en cada uno de nosotros, sin distinción alguna de status sociale, y a cuyo desencadenamiento ha contribuido, sobre todo en los jóvenes, tanto el hedonismo social benthamiano, como la moral de la permisividad que ha permitido que desapareciese todo tipo de vigilancia en los jardines y parques públicos, y la represión que penalizaba los comportamientos perjudiciales para la integridad de ese tipo de lugares, en cuanto obras de arte, y que molestan a quienes van allí a disfrutar de ellos por lo que son: jardines. Lugares para contemplar e, incluso, para celebrar fiestas como las que describieron Belli y Hawthorne; pero no apéndices de aquel país de muñecos descrito hace cien años por Collodi en Las aventuras de Pinocho, donde aparecían inscripciones como "abajo Larin meticah" que anticipaban las de las actuales reivindicaciones 19.


Por ello se deberían reprimir severamente todas las ofensas a la belleza de los jardines; y todo lo que disturbe su disfrute en la contemplaci6n meditativa, a saber: estropear las plantas y esculturas, maltratar los arriates y arrancar las flores y las ramas de los arbolas; el griterío descontrolado, o dejar andar en libertad perros sin bozal que podrían resultar gravemente peligrosos (como perros lobo, doberman, bulldogs, pastores alsacianos, e incluso los mastines italianos y los San Bernardo, que yo he visto correr sueltos en algún jardín italiano), tan bellos como capaces de aterrar, jugando, a una persona con un zarpazo, o de herir gravemente con un mordisco. Por no hablar de los drogadictos que dejan jeringas y gomas hemostáticas; de las parejas, sean homosexuales o heterosexuales, que olvidan profilácticos usados; cosas que pueden infectar a los niños que los recogen por curiosidad. o los sacos de piel donde pasan la noche vagabundos malolientes, dedicados habitualmente a la mendicidad, cuando no a la ratería o al robo. Estas son algunas de las formas del consumo-de Los-jardines-públicos. A ellas corresponde, en los jardines privados ,la demolici6n de plantas de altos tallos, tal vez muy antiguas; la destrucción de fuentes, de arriates o de parterres para convertirlos en zonas destinadas a instalaciones deportivas (que podrían servir también para competiciones de go-kart),o a pistas para celebrar bailes al aire libre, colocando altavoces que destruyen la publica y privada quietud y que ensordecen a la vecindad, para la cual la presencia de un jardín del que puede disfrutar desde las ventanas de sus casas, aunque sea inaccesible, es motivo de alegría en los días tranquilos, y de consuelo en los días de sufrimiento y angustia. Y hay que decir que el dueño de jardines privados que los utiliza de ese modo, igual que el que los vende como terreno edificable, demuestra ser un hombre-masa, en el sentido de Ortega, sea cual sea su actual condici6n o su ascendencia familiar. Y como un hombre-masa debe ser tratado.


Sean públicos o privados, los jardines deben hacer que todo el mundo se comporte en ellos como príncipes; en el sentido que el jardín de be ser un lugar de educación estética, donde cada uno de los individuos debe ser enseñado por la belleza del lugar a comportarse como un príncipe. Este es también el sentido de una autentica democracia, una democracia que no sea torpemente igualitaria: es decir, que no se nivele por lo bajo como la democracia de masas. Una democracia que promueva en cada hombre, sea cual fuere su condición y su grado de formación, la voluntad de crecer cultivándose y refinándose en el sentir, en el pensar, en la forma de comportarse; y en cuyo punto de llegada puedan pensar como un ideal, por así decir, regulativo (en el sentido kantiano de la palabra) una igualdad, no en la base, sino en el vértice. Una nivelación en lo alto, se podría decir, si la expresión no suena demasiado paradójica.

Roma moderna. de Benoist

El jardín es, entonces, el fin y el medio de lo que Schiller (teórico entre otras cosas de la jardinería como arte) llamó educación estética; una educación que otorga libertad por medio de la libertad. Pero no una libertad libertaria, como la que pretende quien quiere que los usuarios del jardín estén autorizados para comportarse como les parezca, sin tener en cuenta a los demás; porque la libertad libertaria abre el paso al totalitarismo y, en el mejor de los casos, conduce al atropello de la minoría por la mayoría, y de los mas de débiles por los mas fuertes. Y es siempre la libertad de los violentos, de los malhechores, de los ma1criados y desvergonzados, contra la libertad de todos los demás, que, por su modo de actuar, gritar y vociferar, serian molestados y ofendidos.

La libertad en la que educa el jardín, en el goce contemplativo del lugar, en el disfrute de su belleza, es la libertad de cada uno como condición y limite de la libertad de todos; y por ello promueve la autentica democracia. Una democracia de individuos, fundada sobre el imperativo kantiano que pretende que se trate a la humanidad siempre como fin, nunca como medio. Y que la máxima sobre la que se funda nuestro comportamiento se convierta en ley universal de la naturaleza.

NOTAS


1 I giardini di Roma, Newton Compton, Roma, 1980. Sobre la Villa Ludovisi y su distribuci6n, vease la monografía agotadísima de A. Schiavo, Villa Ludovisi e Palazzo Margherita, publicada en 1981 por Editorial Roma-Amor por cuenta de la Banca Na
zionale del Lavoro (en las paginas 102-108 se reproduce el catalogo redactado en 1854
"De las Plantas de Ornamento cultivadas en la Villa Ludovisi de la Excelentísima
Casa Piombino" ). De la reconstrucci6n de toda la historia se deduce que la causa primera de la destrucci6n de Villa Ludovisi -y quizá de otras muchas villas romanas fue la Ley de 20 de junio de 1871, mediante la cual el Estado italiano extendi6 a los antiguos Estados de la Iglesia la abolici6n del fideicomiso, es decir, "de la disposici6n de la ultima voluntad por la que era obligatorio trasmitir total o parcialmente la herencia a otro heredero indicado por eI mismo testador"; estableciendo la llamada legftima; la cuarta parte de la herencia se divide a partes iguales entre los herederos. Consecuencia de ello fue la destrucci6n de villas y edificios hist6ricos, y la dispersi6n de colecciones de obras de arte, muchas de las cuales acabarían al otro lado de la frontera y, a menudo, al otro lado del océano.


2 He encontrado la informaci6n en el libro de A. Spinosa, L'ultimo Sud, SugarCo, Milano, 1977, pp. 26-35. Es digna de menci6n, quizá porque por lo general ha sido silenciada, la obstinada defensa del proyecto de Piccinato por parte del ingeniero Amadeo Bordiga, que en 1921 fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano, del que se sali6 después de la guerra, siendo esta vez también criticado.

3 R. M. Rilke, Siimtliche Werke, I, Gedichte-Erster Teil-Erste Hiilfte, Insel Verlag,
Frankfurt am Main, 1975, p. 167.

4 Ibid., p. 162

5 Ibid., p. 172.

6 Ibid., III, p. 79.

7 Ibid.. I, p. 163.

8 Sobre la construcción de los jardines públicos de Venecia, que decidió Napoleón con decreto de 7 de diciembre de 1808, transformando en paseo publico <<la isla circunscrita entre la orilla de S. José y la de la Laguna" y sobre todos los demás proyectos no realizados, puede leer, quien consiga encontrarlo, el delicioso libro, para nosotros lleno de melancolía, Giardini sulla Laguna de G. Damerini, Zanichelli. Bologne.1927. En las pp. 6-12 el tema esta ampliamente tratado. En las paginas sucesivas. El autor cuenta la cantidad de jardines privados que se construyeron en Venecia después de los jardines napoleónicos.

9 E. Bloch, Dialettica e speranza, a cargo de L. Sichirollo, tr. it. G. Scorza, Valle
chi, Firenze, 1967, p. 171.

10 Ibid., p. 90.

11 Hegel, Wissenschaft der Logik, ed. Lasson, Meiner, Leipzig, 1934, vol. II,
p. 506. (Trad. esp. A. y R. Mondolfo, Solar, Buenos Aires, 19825, vol. II, p. 583.)

12 J. Ortega y Gasset, Obras completas. Revista de Occidente, Madrid, 1966,
t. IV, p. 148.

a En español en el original.


13 B. Liebrucks, Van der Koexistenz zum Frieden, Herbert-Peter Lang, BernFrankfurt am Main 1972-73, p. 24. Sobre la formaci6n laica de Liebrucks, vease: B. Liebrucks, "Dar nicht automatisierte Denken", en VV.AA., Philosophie in Selbstarstellungen, von Ludwig J. Pongratz, Felix Meiner Verlag, Hamburg, extracto s.d., p. 180: "Die Erziehung in meinem Elternhaus war demokratisch und liberal. Wir gingen nicht in die Kirche".


C <<El circulo que había aparecido / en ti como una luz que se refleja,/ examinado un poco por mis ojos, / en su interior, de igual color pintada, me pareció que estaba nuestra efigie: / y por ello mi vista en el ponía." Dante, Divina Comedia, trad. esp. de L. Martínez de Merlo, Cátedra, Madrid, 1988, p. 741.


14 Originalmente, con el titulo "Contra la masificaci6n de los jardines", este texto fue enviado al Congreso Parques y jardines del príncipe al pueblo, que tuvo lugar en Veribania en octubre de 1981, por iniciativa del Centro de Estudios de Economía Aplicada de la Universidad Cat61ica de Milan y del Ente Provincial de Turismo de Novara. Leído allí, fue después publicado en el mim. 3, junio-julio 1982, de la revista Cittil e societil. Con alguna variaci6n y bajo el titulo "Teleologia de los jardines históricos" fue enviado al Coloquio sobre la restauraci6n de los jardines hist6ricos, auspiciado por el Centre d'etudes pour la conservation du patrimoine architectual et urbain, en la Fakulteit der Toegepaste Wetenschappen de la Universidad Cató1ica de Lovaina, del3 al4 de junio de 1987. La traducci6n francesa esta en imprenta con las actas de aquel coloquio.


15 La traduccion italiana de Paola Della Pergola aparece en Tagliolini, op. cit.,p. 219. El texto latino reproducido por Domenico Montelatici, en Villa Borghesefueri di Porta Pinciana, Roma, 1700, p. 93, dice: "Villae Burghesiae Pincianae Custus haec edico quisquis es si liber -- Legun compedes ne hic time as -- Ito que voles, capito- Quae voles, Abito quando veles - Exteris magis haec paratur - Quam here - In aureo saeculo - Ubi cuneta aurea - Temporum securitas fecit - Ferreas leges prae figere - Herus vetat - Sit hic amico pro lege - Honesta voluntas - Verum si quis malo - Lubens sciens - Aureas urbanitatis leges - Fregerit - Caveat ne sibi
Tesseram amicitiae subiratus - Villicus - Adversum frangat". Es una gentil advertencia, escribe Montelecelati, "que el encargado de la Villa propone a los curiosos que desean ser espectadores de su belleza" (p. 92).- De tono análogo son las dos làpidas colocadas en una de las puertas de entrada de Villa Medici (véase A. Tagliolini, op. cit., p. 117), donde entre otras cosas se dice que los jardines están abiertos al dueño y a los amigos del dueño "<... hero herique amicis..."). EI aspecto de Villa Medici en los cuadros de Giambattista Falda permite suponer que el concepto de apertura a los amigos del dueno debía entenderse con cierta liberalidad.

16 Sobre los paisajes romanos de Benoist, vease: P. E. Trastulli, Roma grandezza splendore, Ie litografie di Philippe e Felix Benoist, Newton Compton, Roma, 1987. La de Villa Borghese, lamina, 76, informaci6n en la p. 190.


17 "Lli cc'e trattoria dove godere I Bbon locale, aria uperta e bbella vista; I e in tutta libbertil ppranzate a lIista I Sino c'avete fame avete sete. III Lli, ttutti inzieme, la regazza, er prete, I I'omo, la donna, er nobbile, I'artista (artigiano), I Er medico, er curiale, er computista, I Fare caggnara, cantate e rridete, III Poi ve n'annate ar lago e ppe la villa, I E dda per tutto trovate chi mmagna, I Chi ggiuca a ppalla, chi ccurre e cchi strilla. III Cqua se bballa a I'usanza der paese, I Lil er pallone, I'orchestra, la cuc cagna... / Viva er core der prencipe Bborghese!" (I soneti, a cargo de G. Vigolo, Mondadori, Milano, 19786, vol. III, p. 2337) g.

Unos veinte arios despues, el escritor estadounidense Nathaniel Hawthorne, en la
novela EI fauna de marmol, dedicani cuatro capitulos a Villa Borghese, a la que llama
un amenD retiro: "raramente hay soledad desde que el clero, la nobleza, el pueblo
llano, extranjeros y romanos, cualquiera que respire el aire de Roma tiene allí libre
acceso, y allí van a probar el lánguido disfrute del sueño con ojos abiertos que llaman existencia" (trad. it. de M. Bonsanti, en N. Hawthorne, Romanzi, vol. II, Sansoni,
Firenze, 1959, p. 76). Para los protagonistas es un "rayo de la remota vida de la Arcadia, o de la mas remota aun edad de oro, antes de que el genero humano se lIenase <de pecado y de dolor..." (ibid., p. 88). Y dedica un capitulo entero a una fiesta popular del tipo de la que poetizo Belli y pintaron los Pinelli: "Ahora parecía que la Edad de Oro había retornado al recinto del soleado claro, deshaciendo las rígidas formalidades del genero humano, liberando a sus miembros del tedioso recato, y mezclándolos con la juvenil alegría de las nuevas flores (que el viejo semen de la tierra formo) que florecían bajo sus pasos..." (ibid., p. 91). Sobra decir que el pueblo que participaba en aquellas fiestas, formado por individuos de cualquier extracción social, no cometía los actos de vandalismo de los que dejan una huella indeleble las masas de hoy, en las que eI individuo desaparece, y al desaparecer el individuo responsable, se desencadenan los instintos que el eclipse de la responsabilidad da en prenda a la brutalidad latente en cada uno de nosotros.

18 "Nos dirigimos allí todas las tardes a la hora del paseo, gozosos de placer; son los jardines de Salluste (...). Como no es necesario salir de la ciudad para encontrar este jardín, que es por otra parte el mas grande de los del interior, el que esta mas cerca de los barrios habitados y el mejor cuidado, es el mas frecuentado..." A. M. De Quintin, en Le President de Brasses en Italie, Lettres familieres ecrites d'ltaUe en 1739 et 1740 per Charles de Brasses, Paris, 1885, vol. II, p. 65.

19 Sobre el "consumo social" de los jardines hist6ricos del que son responsables los entes
públicos, léanse las consideraciones de Gian Luigi Reggio en la "Comunicazione sui
giardini storici della Lombardia" en II giardino come laberinto della storia, 14-17 de abril,
Compendio de las aetas, Palermo, 1984, pp. 138-139.

g "Hay allí figones en los que disfrutar / Buen local, aire fresco, bella vista; / con
toda libertad comed en fila / Si no tenéis hambre tendréis sed. / Todos juntos allí, la
muchacha, el fraile, / el hombre y la mujer, el noble y el artista, / el medico, el abogado y el contable. / Cantad, reíd, armad algarabía. / Después id al lago o a la villa / por
todas partes encontrareis a alguien que come, que juega a la pelota, corre o grita. /
Aquí se baila a la usanza del país, / ahí esta la pala, la orquesta, la cucaña... iViva el
corazón del príncipe Borghese!"


f "Te nombro guardián de la villa I quien quiera que seas, con tal de que seas hombre libre I no temas aquí los lazos de la ley I Ve adonde quieras I pide lo que quieras I Sal cuando quieras I Aquí todo esta dispuesto mas para el invitado que para el dueño. I En estos felices tiempos que yen realizarse la seguridad personal. I EI dueño de la casa no quiere imponer leyes severas. I Que sea el propio placer el freno para el huésped I pero si con malvada premeditaci6n viola las leyes de la urbanidad I que tema la Ira del dueño que no dudara en infringir I el pacto de la amistad."


h En las paredes de las casas del país de los muñecos se leían cosas como "vivan los
jugetes" (en lugar de "juguetes"), "no queremos mas esquelas" (en lugar de "escuelas"),
"abajo larin metica" (en lugar de "la aritmética"), y cosas por el estilo. Cfr. Carlo Collodi,
Las aventuras de Pinocho, Alborada, Madrid, 1988, p. 133.

 

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